En ocasiones
tenemos la necesidad de contar todo aquello que nos sucede o de dejar reflejado
en un papel todas aquellas palabras que vuelan por nuestra cabeza y zarpan sin
destino certero.
Algunas quedan en un terrible y profundo olvido, mientras que otras luchan con fuerza por persistir y salir
de dentro, como un grito gutural.
No todo ha de
tener relación con nosotros. Siempre podemos hablar de todo aquello que nos
rodea, de esa realidad circundante que nos atrapa.
Hace poco resurgió
de mí una idea que había quedado oculta y que resonaba con más fuerza que
nunca: tus sentimientos no requieren de una previa reflexión o lectura, no
tienes por qué conocer el mundo para vivirlo; sólo has de cerrar los ojos y
percibirlo, escuchar los secretos que los rayos de sol te fían.
Y aun así todo
se presenta ante mí de forma inefable.
No todos poseemos
esa habilidad de hallar el lenguaje exacto con el que traducir lo que vivimos
de tal forma que sea inteligible para aquellos que se obcecan en comprender
todo lo que leen, ignorando la existencia de lo incomprensible, muchas veces
más bello que todo lo convencional.
Y es que lo que
se presenta ante nosotros con sus galas misteriosas e indescifrables se muestra
más atractivo y majestuoso para el alma.
Quizás sea por esta duda de no entender lo que me rodea que este sentimiento se acontece más fascinante, aunque no sé si el dolor puede adoptar una máscara para exhibirse ante mí bello.
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